domingo, 22 de abril de 2012

Mi Expo'92

   Vengo de dar un paseo por los Jardines del Guadalquivir, que fueron de la Expo’92.
   Estamos ahora de celebración del vigésimo aniversario de la Exposición Universal de Sevilla de 1992, y es hora de reflexionar sobre el acontecimiento. Muchos escriben y escribirán sobre la muestra, sobre su influencia en Sevilla, Andalucía y España. Se hablará de los beneficios y pérdidas que dejó, de su conveniencia, de su legado… De muchas cosas se hablan y hablarán, pero en este caso yo pretendo hablar de mi mismo.
   Mucha de la gente que me conoce sabe de mi vocación, que es por suerte (o desgracia) mi profesión también. Muchos saben que esa vocación fue temprana, pero lo que viene aquí a cuento es lo que significó para mi “La Expo”.
   Desde pequeño me gustó dibujar, desde pequeño llenaba las últimas hojas de las libretas y cuadernos, las guardas de los libros, los cartones del tabaco (que sobraban después de llenar la máquina expendedora del restaurante de mis padres), de mil y un dibujos. Lo máximo a lo que aspiraba en aquel entonces era, tras mucho suplicar, esas veinticinco pesetas, comprar una cartulina blanca, bien grande, y rellenarla con los frutos de mi imaginación. Nunca cinco duros dieron para tanto, para una ilusión tan grande.
   Pasado el tiempo, donde mi imaginario se centraba en lo que veía en la televisión, o en los libros que abarrotaban la casa de mi tía, fui creciendo, y me iban llegando referencias de aquellas obras que se realizaban para preparar la “Expo”.
Mi primer contacto con Sevilla fue a principios de 1990, de mano de mis padres, en un viaje que hicimos para estrenar el coche nuevo, a lo loco y sin saber, hasta Lisboa. La lluvia y aquella carretera en obras (lo que sería después la A-92) no se me olvidarán nunca. De esa Sevilla en ebullición recuerdo los coches aparcados sin orden en el Prado de San Sebastián, un paseo por la Plaza de España y sobre todo un gran cartel que se veía desde la carretera hacia Mérida, señalando aquel maremágnum de obras que era la Isla de la Cartuja.
   Un año después, con el colegio hicimos una excursión a Sevilla, para ver las obras de la “Expo” y conocer la ciudad. Ahí fue, con catorce años recién cumplidos, cuando mi imaginario arquitectónico se llenó, y fue perfilando una serie de referentes que me acompañaron mucho tiempo. Por aquella época, si mal no recuerdo, se veían ya claramente las estructuras de los pabellones de España, Andalucía, Japón, Futuro, Navegación y Descubrimientos, además del puente del Alamillo. Estructuras que a partir de ahí fui incluyendo en todos mis dibujos. A mi vuelta llené varios cuadernos con todos esos dibujos, versiones, otras exposiciones, ciudades, pabellones, museos, cientos de edificios inspirados por aquella corta experiencia.
   El año siguiente fue el año clave. Fui tres veces a la “Expo”, aunque previamente me había aprendido todos los pabellones, su situación y sus detalles. En mi pueblo sólo pude comprar una guía de la exposición en inglés, y me tuve que esforzar mucho para poder comprender lo que decía, pero fueron más las ganas.
   Mi maravilla aún perdura, llegar por la puerta de Itálica, entrar. A un lado la Plaza de América, correr para ver el tesoro de Sipán, seguir hacia el pabellón de España, visitar los pabellones de Israel y la India, con su forma de cola de pavo real. Bélgica, Holanda, la Comunidad Europea, Arabia Saudí, Japón, que llegué a visitar las tres veces que vine… Corrí de un lado a otro, vi espectáculos en el Palenque, en las calles, la cabalgata… Mandé mensajes a las estrellas en el pabellón del Universo, monté en barco por el lago y el canal… Y sobre todo el espectáculo nocturno en Lago de España, algo que junto con la inauguración de los JJ.OO. de Barcelona sigo hoy en día recordando al segundo.
   Y pasó. Y aquel optimismo fue tristeza, y de nuevo ilusión. Seguí dibujando, y seguí estudiando, acabé por trasladarme a Sevilla, y estudiar arquitectura. Aquellos dibujos los conservé, y al mostrarlos en mi inocencia (a veces recuerdo aquellos momentos con vergüenza) hicieron que entablara amistades con personas que hoy son parte fundamental de mi vida.
   Seguí viviendo en Sevilla, seguí aprendiendo, seguí visitando aquella isla de las maravillas... Vi su declive y veo como poco a poco vuelve a la vida, a veces con fortuna y otras sin ella, dejando cosas buenas en el camino, pero dejando en mi una huella que ha marcado mi carrera e incluso mi vida.

1 comentario:

Pablo Ruesga dijo...

Magnífico. Has conseguido transmitir lo que veía aquel niño arquitecto.